Van Gogh - Knotwilg - Museo Van Gogh
MALA GENTE
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asi sin sentimientos, Nemesio tomó sus harapos, malolientes y andrajosos,
dejó dos monedas sobre la mesa, bajó su renegrida mirada y salió cojeando por
la puerta de costado.
Su rostro, cincelado por los vientos impiadosos del sur, no reflejaba
más que el hastío de una vida de indigencias y crueldades.
Había llegado a Neliuquilen cuando todavía le respondían las dos piernas,
cuando aún podía correr montado en ellas y arar la tierra desde antes que
pudieran ver claramente sus ojos, negros como la desgracia, y atrapados en una
red de arrugas que fueron labrando pacientemente surcos profundos y añosos.
Aún siendo el sexto de siete
hermanos, heredero de una vida injusta y mezquina, nunca volvió a ver más
rostros que el de su patrón y el de la peonada.
Las miserias en el campo llegó a contabilizarlas
de a docenas, pero no había aprendido a enumerar traiciones. Si hasta hubo que
sentarlo y explicárselo como a un niño.
Ya no quedaban tierras para arar, ni
ganado que engordar.
Nemesio no protestó. Frotó su ancha nariz
con el antebrazo, apuró la grapa a medio tomar y preguntó si debía algo más.
Quienes lo vieron partir, aseguran
que su figura se fundió con el horizonte, sobre la lomada del monte, e incluso
hay quienes aseguran que hubo casi tres días de cerrada noche y aguaceros
pestilentes por el trato que recibió Nemecio Parra.
Copyright © 2014 Laura de la Peña
(todos los derechos reservados)

gracias por compartir este pasaje de su libro, maravillosa enseñanza,
ResponderEliminarMuchas gracias María. Gracias a usted por leerme. Un abrazo, Laura.
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