domingo, 24 de agosto de 2014

No es bueno que el hombre ande solo


El jardín de las delicias - El Bosco - 1503–1504

Y dijo Dios: 
No es bueno que el hombre esté solo;
 le haré ayuda idónea para él.
Formó, pues, Dios de la tierra toda 
bestia del campo y toda ave de los cielos, 
y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar.

Y Dios hizo caer un sueño profundo sobre Adán, y éste se quedó dormido. 
Entonces tomó una de sus costillas 
y cerró la carne en su lugar;  
y de la costilla que Dios tomó del hombre, 
hizo una mujer y la trajo al hombre.
Génesis 2:18




     No, no y no. No pienso ir. Ya bastante he soportado. No, no iré justo ahora que  empiezo a disfrutar mi soltería.

     Tenés razón solo en parte: algunos fueron buenos años, pero solo los primeros. También los hubo malos y difíciles. Los del final se me figuran francamente insoportables.

     ¿Te acuerdas cuando nos casamos? Como para olvidárselo está uno. Si me lo remachas todo el tiempo. ¡Claro mujer que lo recuerdo! No haces más que repetírmelo cada vez que vienes a verme. 
Te lo he dicho aquella vez, la última que hablamos, hace ya… bueno, ya no sé cuánto hace. Pero lo hablamos. ¿Ahora la que no lo recuerda eres tú? Creí haber sido claro contigo. Repito, por el momento no me interesa. ¿Puedes entenderlo? No pienso ir contigo, sencillamente no creo que sea una buena idea.

     Compréndelo, me perturbas. No está bien que te aparezcas por acá como si nada. Soy un hombre respetable. ¿Qué van a pensar los vecinos de este pueblo si alguno te viera? Pensarán que les he mentido, que he faltado a mi palabra. Déjate ya de estupideces y vuélvete a tu sitio de una buena vez.

     Además, estás siendo muy desagradecida conmigo, que fui tan cuidadoso y prolijo.
Lo primero que tuve en cuenta fue que siempre te gustó el silencio. Y a decir verdad, a mí también terminó por gustarme. Aunque te cueste creerlo, vieras lo bien que me hallo sin tu ruidosa presencia.

      Aquel día, una vez que te hizo efecto el cloroformo, lo primero que desprendí fueron tus cuerdas vocales y puse en la fonola la ópera que oímos en nuestra visita a Buenos Aires, para que termines de relajarte. 
      Quité el mantel de la mesa, casi como oyéndote y aunque te cueste creerlo no se manchó ni con una sola gota de tu sangre. Cada una de tus partes las lavé amorosamente. Sí, porque fue con amor, con mucho amor, ése que me reclamas una y otra vez.
     Una vez secas las envolví en papel de seda. Tus partes pudendas las he cubierto con doble pliego para evitar las miradas curiosas. Dime, ¿no lo hubieras querido así?
    
     ¡Basta ya! ¡Déjame en paz! ¿Será de Dios que no pueda volver a matarte?

Copyright © Laura de la Peña
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1 comentario:

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