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sábado, 2 de agosto de 2014

MALA GENTE

Van Gogh - Knotwilg - Museo Van Gogh

MALA GENTE

C
asi sin sentimientos, Nemesio tomó sus harapos, malolientes y andrajosos, dejó dos monedas sobre la mesa, bajó su renegrida mirada y salió cojeando por la puerta de costado.
Su rostro, cincelado por los vientos impiadosos del sur, no reflejaba más que el hastío de una vida de indigencias y crueldades.
Había llegado a Neliuquilen cuando todavía le respondían las dos piernas, cuando aún podía correr montado en ellas y arar la tierra desde antes que pudieran ver claramente sus ojos, negros como la desgracia, y atrapados en una red de arrugas que fueron labrando pacientemente surcos profundos y añosos.
Aún siendo el sexto de siete hermanos, heredero de una vida injusta y mezquina, nunca volvió a ver más rostros que el de su patrón y el de la peonada.
Las miserias en el campo llegó a contabilizarlas de a docenas, pero no había aprendido a enumerar traiciones. Si hasta hubo que sentarlo y explicárselo como a un niño.
Ya no quedaban tierras para arar, ni ganado que engordar.
Nemesio no protestó. Frotó su ancha nariz con el antebrazo, apuró la grapa a medio tomar y preguntó si debía algo más.
Quienes lo vieron partir, aseguran que su figura se fundió con el horizonte, sobre la lomada del monte, e incluso hay quienes aseguran que hubo casi tres días de cerrada noche y aguaceros pestilentes por el trato que recibió Nemecio Parra. 
 Copyright © 2014 Laura de la Peña
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