domingo, 6 de julio de 2014

FUEGO


FUEGO

Julio estaba visiblemente alterado. Desde la Olivetti con el papel anclado, aún zumbaban los sonidos de su caligrafía.
¿Era la trama o eran los personajes los responsables de su encerrona?
Influenciado por los designios del Cónsul y la fortaleza de Irene, intentaba mediar para que Sonia y Jeanne llegaran a un entendimiento, mientras sostenía la apatía de Ronald. La comunicación no fluía y los personajes se atascaba en una línea telefónica ligada a una fría sucesión de números sin sentido; respiraban su propio aire, lo estaban sofocando.
Nada. Empieza a sentir que ya no puede hacer más nada. ¿O sí?
Después de haber leído mil veces la trama todavía no puede asumir el inminente final.
Los hechos del pasado ya no son modificables, claro, eso lo sabe bien, ya son así, son del pasado, de un pasado escrito en sus palabras, con sus emociones. Así parecen haber sido. Los vuelve a repasar y se siente cómodo con ellos. Eso puede aceptarlo.
Pero lo inquieta la conducta de Sonia. Tiene la sensación que si no cambia algo se sentirá responsable de que la propia humanidad no cambie.
Tal vez Sonia se haya precipitado (es bastante común que las mujeres lo hagan). Sonia no es como la Maga y eso debió haberlo sabido desde los primeros renglones. ¿Cómo es que siendo ella tan previsible no haya podido anticiparse y detenerla? Puede que no haya querido hacerlo.
Desde el inicio esperó que la realidad lo sorprendiera, y sin embargo ve como tristemente todos se repiten, se copian, se imitan. Piensa que es una pena que ya no tengan el romanticismo y la magia de entonces, ni el ímpetu del Cónsul para decidir con agallas y con claridad sobre la vida de los otros.
Enciende el último Gauloises. Abolla la caja, juega con las cerillas, pita profundamente el cigarrillo y se reclina en la vieja Thonet.
En su cabeza siente las presiones de los diferentes tiempos. El humo negro del tabaco encendido lo aproxima a una realidad inexorable.
En la máquina lo esperan las últimas líneas. Los personajes se impacientan.
Estira su brazo sin levantarse de la silla y quita con violencia el papel del rodillo. Lo lee ligeramente y con la colilla del cigarrillo lo enciende por uno de los extremos.
El humo es profundo, negro, y huele a tinta. Las llamas aún pequeñas fascinan por su belleza.
Julio las mira, y suelta el último trozo sobre el escritorio, atestado de papeles.
Una belleza suprema se presenta ante sus ojos. El fuego ya es el todo poderoso.

Este fuego, como todos los fuegos, ahora sí es verdadero.
Copyright © Laura de la Peña
(todos los derechos reservados)

domingo, 29 de junio de 2014

EL OTOÑO EN SUS MANOS



En llamas, en otoños incendiados, 
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!
El Otoño (fragmento) – Octavio Paz

E
s una tarde espléndida en Villa Devoto. El otoño llegó para quedarse. Las tipas y los plátanos de la calle Lincoln crean un fantástico túnel ocre hacia uno y otro lado de San Antonio.
Las veredas lucen un mullido tapiz de hojas amarillas de todos los tamaños.
Sentada en el asiento trasero del coche de su hijo, con la mirada entre la añoranza y la gratitud, Paulina respira el profundo goce de estar viva.
―¿Puedes ir más despacio, hijo, por favor? ¿Sabes? Llevo años soñando este momento y aun así… nunca lo imaginé tan bello.
“Con Juan solíamos caminar por estas calles. En el verano, cuando él  cerraba el almacén, me hacía señas para que yo cerrara también la farmacia. Le gustaba caminar hasta la avenida y allí me invitaba siempre con una cervecita bien helada que tomábamos en el bar del gallego”.
―Para el auto aquí por favor, dame el gusto.
Paulina desciende y se dirige al árbol de enfrente, un gordo tronco añejo. Carlos la sigue.
―Mira, es éste ―señalando una talla en la corteza―, lo hizo Juan la noche que me propuso matrimonio. ¿Lo ves? Para mí fue un acto maravilloso.
Carlos toma a su madre de las manos y juntos se dirigen de regreso al auto.
Recorren, ambos callados, el último trayecto y cruzan algunas miradas nerviosas por el espejo retrovisor. Han llegado. Carlos detiene el motor del auto, desciende y se dirige hacia la puerta trasera para ayudar a descender a Paulina.
Ella, muy coqueta, alisa con sus manos la falda del vestido, se coloca los guantes de seda y toma a Carlos del brazo. Suben los cinco escalones y las puertas de la iglesia se abren de par en par.                     
De espaldas al altar, Juan hace una eternidad que la espera. Paulina respira profundo y da el primer paso.
Junto con los primeros acordes de Mendelssohn, una ráfaga se cuela, agita su vestido y dispersa algunas hojas secas sobre la alfombra roja. Paulina se detiene, se da vuelta y alza la vista a la porción de cielo que vislumbra desde su posición. Fuera de todo protocolo y con un impulsivo movimiento, se inclina y toma un par de hojas para llevarlas en la mano como todo un símbolo.
Juan, de impecable traje gris, apoyado en el bastón de mango forjado en plata, la observa embelesado. Es que adora la imprevisión de esa mujer. Paulina es para él el mismísimo viento.
Paulina avanza. Mendelssohn confunde los sentidos. Carlos le guiña el ojo a Juan y le entrega a la coqueta novia.
Ella se sonroja, sonríe lindamente y besa a Juan con inmensa ternura. Juntos, tomados de la mano, giran y comienza la ceremonia. 
Carlos observa a Juan y a Paulina, ambos con el otoño en sus manos.


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sábado, 7 de junio de 2014

TESTIGOS DEL TIEMPO

Foto tomada de http://www.proyectopulperia.com.ar

TESTIGOS DEL TIEMPO  

“Solemos olvidarnos la vida en cualquier parte”

La mañana se resquebrajaba bajo un sol repetido e impiadoso. Al costado del arroyo, sobre la calle de tierra apisonada, se acomodaba un puñado de ranchos de adobe. Al final de la hilera, metros antes de la esquina, una de ellas sostenía sobre su única abertura un cartel oxidado que todavía permitía leer  ‘La Pulpería – ABIERTO’.
Una par de carretas cargadas de provisiones se detuvieron en la puerta.
La brisa arrebató la polvareda que levantaron los carros y palidecieron los colores de los cardos silvestres y las madreselvas que bordeaban el inhóspito camino. Con adormecida curiosidad, asomó su vida por la ventana la misma mujer que recibió las frutas la semana pasada y el mes pasado y los años pasados.
Desensilló un hombre bajo y rudo, de edad incalculable, somnoliento y sudado. El hombre y la mujer movieron sus cabezas a modo de cordial saludo.
Por la puerta salieron los perros, tropezándose entre ellos y chumbándole al caballo que no dejaba de revolear su cola para espantar las moscas. El percherón los miraba ajeno, moviendo levemente su cabeza y apisonando el piso con patadas encaprichadamente rítmicas, mientras era amarrado al poste.
El hombre entró en la pulpería. La mujer, ya detrás del mostrador, repasaba un par de vasos.
La espalda de la mujer se reflejaba en un espejo rectangular dispuesto en el centro de una estantería abarrotada de botellas, en su mayoría vacías y cubiertas de una antigua capa de polvo. El hombre vio su propio reflejo al hacerle señas a la mujer para que le acerque a la mesa la grapa que acostumbraba a tomar, igual que la semana pasada y que el mes pasado y que los años pasados.
La mujer llenó dos copas, calzó el repasador al hombro y llegó a la mesa derramando algunas gotas que se quedarían allí en el piso tal vez por algunos años más. Desparramó el polvo de la mesa con el mismo trapo, posó los vasos y ambos respiraron una mirada antigua y cómplice.
Acostumbrados a compartir ese costado de la vida que se empecinaba en cruzarlos cada semana, uno y el otro sabían al verse que le iban empatando a la miseria. Una sombra sin palabras cruzó la expresión de la mujer, que le palmó la espalda y se sentó a su lado.
Él se bebió de un solo tranco la grapa mientras ella se lanzó sobre el silencio quebrándolo de un solo asesto: ¾Amigo, dicen que estas enfermo.
Él fue apagando sus ojos y descendiendo la mirada. Con el dorso de la mano se limpió la boca y cabeceó el aire: ¾Zonceras de mala leche. Nada de eso.
Dos peones ágiles y diligentes entraron con canastas cargadas de frutas que fueron acomodando al costado del mostrador, como lo hacían cada semana. La mujer los observaba con la vista acostumbrada.
El hombre se paró y dejó sobre la mesa unas monedas cubriendo el costo de ambos tragos, mientras sacaba de su polvorienta chaqueta la libreta para apuntar la descarga.
Actuaron la repetida escena: apuntaron los faltantes, saldaron los pendientes, pero  esta vez duplicaron el pedido para la próxima semana, recargando y renovando las esperanzas.
El hombre cabeceó a la peonada y se enfiló hacia la puerta. Detrás, la mujer siguió sus pasos restregándose las manos en el delantal.
Antes de ensillar, el hombre levantó la vista y sosteniendo débilmente la mirada la abrazó a la distancia.
Ella se quedó en la puerta, viendo el lento partir de las carretas, agitando el polvo del aire en un gesto inútil para clarear la imagen, rompiendo la rutina de esa semana.

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sábado, 17 de mayo de 2014

ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO

Las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles.
Que vayas a un lugar o a otro depende de un ínfimo detalle.
Informe del cielo y del infierno - Silvina Ocampo

I
La habían llamado temprano. Encontró el mensaje en el contestador automático: –‘Hola, Julieta, mami llega esta noche. Nos encontramos donde siempre para ir todos juntos.’
El mensaje la disgustó. La última vez que salieron con ‘mami’ por poco caen en cana, chocaron la moto y les robaron toda la merca. Había decidido no participar más en esas salidas e iba a decírselos claramente.
Esa mañana había visto un escrito en la calle que decía: “Loca carrera al cielo” que probablemente fuera una nueva película o quizá una banda de rock. Pero le hizo recordar que cuando era una niña el cielo para ella era un lugar mágico: pensaba que las personas que iban al cielo lo hacían dentro de enormes aviones. Creía que hacían viajes fabulosos a otros mundos. Nunca supo de alguien que fuera al infierno y sí de los que se iban al cielo, así que siempre pensó que esa parte de la historia era mentira. Alzó la vista y se detuvo a contemplarlo y a imaginar una congestión de almas abonando peaje en el purgatorio. Su propia sonrisa la trajo de vuelta. Muchas cosas no eran como se las habían contado.  Pero aunque el cielo y el infierno no aguardaran por nosotros, las elecciones en este mundo había que hacerlas de todas maneras.
Hablaría con la barra. Elegiría las palabras. No quería ofenderlos.
Esa noche la esperaban en la parroquia. Pronosticaban mucho frío y saldrían a recorrer las calles con abrigos y sopa caliente. Se preguntaba qué es lo que hace que la vida sea a veces tan miserable con algunos y se ensañe con ellos con tanta crueldad.
Mientras cocinaba las verduras para la sopa, iba lavando el arroz. La vista se le fijaba en cada grano a la vez que buscaba cuidadosamente las frases con que aclararía las cosas con sus amigos, cual alegato final.
El agua se derramaba por el cuenco… el arroz se escurría por el desagüe… su mente no detenía el tiempo.
Cerró el agua, recogió el arroz desparramado, se secó las manos, apagó el fuego, tomó las llaves, salió con decisión.
Entró al barrio por el callejón abierto. Por ese camino la conocen todos. A pocos pasos encontró a Claudia, al pasar por la salita se juntaron Matías y Mariana y a la vuelta de la esquina ya se le había sumado casi todo el grupo. Entraron en lo del turco. La escucharon con atención. Fue clara. Estaba haciendo su elección. La amistad no estaba en juego.
El turco destapó la primera cerveza y Claudia encendió el primer porro.

II
El impacto se oyó a cientos de metros de distancia. Algunos pobladores incluso habían visto el accidente.
A esa hora la ruta casi siempre está cubierta de neblina. Pocas son las almas que se aventuran a transitarla.
El silencio de un eterno compás de espera seguido de los sonidos más desgarradores daría comienzo a un dantesco movimiento.
Atravesando un denso cuerpo de humo, un camionero saltaba las vallas de la ruta para ayudar a las víctimas.
Ópticas, pedazos de faros, vidrios rotos, chapones, bolsos, carteras, humo, mucho desconcierto.
Sin poder comprender la distancia recorrida pudo ver a dos muchachos que se ayudaban uno a otro a incorporarse. Estaban del otro lado de la ruta y a más de cincuenta metros de distancia. 
Debajo de los despojos de un Fiat Siena, aún lejos de alguna mirada salvadora, entre chapones retorcidos y calientes Julieta pudo ver los zapatos del camionero pasar muy cerca suyo.

III
Entre sueños escuchó voces; algo de un accidente en una ruta. Hacía esfuerzos para despertarse y oír mejor, pero solo conseguía retener palabras aisladas: jóvenes…  Fiat … parejita… de frente… cocaína… Seguramente se había quedado dormida y la radio estaría dando las noticias, trágicas y escabrosas, como siempre. Hacía mucho esfuerzo, pero no lograba despertarse. Caía nuevamente en un sueño muy profundo. Tampoco podía moverse. El sueño se la llevaba.
No distinguía los dolores de su cuerpo. Un solo e inmenso dolor de fuego la atravesaba completamente. Escuchó más pasos e intentó gritar. Pero no pudo tomar más que una mínima cantidad de aire y apenas se escuchó ella misma en un jadeo de muerte. La realidad se oscurecía y la cubría de sopor.
Recordó el arroz y un profundo olor a sopa le acarició el alma. Tenía que apurar la cocción. Debía estar lista antes que anocheciera. Seguramente habría olvidado alguna ventana abierta, el frío le estaba entumeciendo las manos y no sabía cómo hacer para agarrar la olla. A las ocho de la noche iban a pasar a buscar los frascos de sopa. Debía hacer algo con sus manos… y con sus pies: un rarísimo dolor punzaba sus plantas, eran pinchazos que la distraía y no la dejaban terminar la cena. Seguramente faltaban pocos minutos para que vengan a buscarla y aún no la había colocado en los potes servidores. ¡Estaba sonando el timbre y ella no había terminado!

IV
Un estremecedor ruido de sirenas y frenadas volvió a encender las luces en este costado de la vida. De nuevo pudo ver pies bien calzados pasar muy cerca de ella en todas direcciones. Sin poder unir este escenario con la cocina de su casa, ni este olor a muerte con la sopa de arroz, la oscuridad volvió a llevarla lentamente.
Un grupo de paramédicos se acercó porque les pareció ver a alguien dentro de lo que quedaba del auto totalmente retorcido al borde de la ruta.
–Si nos escucha, por favor díganos su nombre.
–Julieta –llegó a decir antes de volver a desmayarse ya casi sin signos vitales.

V
El padre Juan fue el primero en entrar a la sala en la que daría el responso. Su amiga se le había vuelto a soltar de la mano, una vez más y para siempre.

Se preguntaba qué es lo que hace que la vida sea a veces tan miserable con algunos y se ensañe con ellos con tanta crueldad. Seguía sin encontrar las respuestas y estaba seguro de no hallarlas nunca.


Copyright © Laura de la Peña
(todos los derechos reservados)

lunes, 31 de marzo de 2014

EL ENCUENTRO





Alguien dijo por ahí que Dios es infinito,
y en su infinita misericordia acuna las almas en pena…

Yo no lo creo, solo lo anhelo.

Laura






EL ENCUENTRO  


(Versión Libre basado el cuento de la dinastía T'ang narrado por Jorge Luis Borges) 


Ch’ienniang = Ella
Wang Chu = El
Mei Ling = La criada
Chang Yi = Padre de Ch’ienniang


Cuando te observo así, Wang Chu, mirándome a los ojos como lo haces ahora, desde tu rostro ajado y sabio, en esta comunión que logramos sostener por más de cincuenta años, me brotan las lágrimas en una confusa sensación de angustia y alegría. Ambigüedades del alma. Dos caras de una misma moneda.

El yin y el yan como partes de un todo, que ante el desgarro intentarán volver a unirse naturalmente.

Un camino plagado de aprendizajes por el que tuve que transitar para lograr el equilibrio.


Ch’ienniang


Soportaré tu ausencia desde el infinito amor que nos juramos, amado mío.
No dejaré que te vayas de mi mente. No renunciaré al rescate de mi alma.
Solo tuya, aguardaré pacientemente tu regreso, y mí regreso.
Tejeré minuciosamente cada instante y crearé un tiempo que será nuestro, en el que viviremos nuestro anhelado destino.
Aquí estaré, amor mío, atesorando el aire de mis antiguos suspiros para cuando vuelvas.
Porque volverás, tal como nos prometimos. Y veré tu rostro, simple, calmo y eterno, como en mis ojos veo tu amoroso recuerdo.
Volverás, y en ese encuentro distinguiré mi alma, y con tu mirada me volveré yo misma.

Mei Ling


–Deja ya de llorar, que no hay caso mujer. Desvaría. Desvaría todo el tiempo. Ni conciencia tiene. Ni una mirada, ni un gesto, más que susurros inconexos y desvaríos constantes. Si al menos comiera algo… ¡Santo Dios, cuánto castigo!
Mei Ling, la criada, secó sus lágrimas y enjuagando el paño húmedo lo puso nuevamente sobre la frente de Ch’ienniang quien no paraba de balbucear incoherencias.
Con su gesto notó que comenzaba a aquietarse y a calmarse, a entregarse nuevamente a un sueño relajado.
–Déjeme estar con ella señor, se lo suplico. Aún su alma pena, lo sé. Pero mi acercamiento acompaña su descanso. Verá cómo va a ponerse bien dentro de poco.
Así ha estado por años. Desde aquel desafortunado día en que el señor prometió su mano a un funcionario, sin atender las súplicas de Ch’ienniang y Wang Chu.
Aquella tarde, ese apuesto caballero, deslumbrado por la belleza de Ch’ienniang, a quien veía con frecuencia en la casa de su padre, la solicitó en matrimonio y la tragedia se hizo sentir de inmediato en esta casa, la que supo albergar la encendida pasión de los amantes.
Ch’ienniang y Wang Chu sintieron su propia muerte. Suplicaron al padre sin resultados.
Wang Chu, desconsolado, se arrojó al camino, y no supimos más de él.
Ch’ienniang se desmoronó en pocos días. Se replegó en sí misma. Al mirarla, sus ojos ya no me reflejaban. Como si su alma se negara a aceptar tanta crueldad. Como si su alma no la acompañara en su decisión. Enfermó lentamente y se sumió en un estado de letargo casi eterno ya.
Una tarde, hace algunos años, oímos a Ch’ienniang gemir durante algunos minutos.
Todos nos sentimos muy consternados. Pensamos que estaría dando sus últimos suspiros. Cuando de pronto, abrió sus ojos renegridos y vimos como su mirada se cargaba de un destello increíble, lleno de luz. Sus ojos, tan bellos como entonces, reflejaron la vida misma, con la certeza de un amor tan profundo como infinito y nos dieron ganas a todos de llorar y de abrazarnos y besarla y acompañarla con una gran algarabía de reencuentro, de nacimiento. La vida estaba abriéndose paso a través de ella, emanando una energía imposible de creer. Incluso esa noche, a la hora de su baño, creí ver que de sus pechos brotaban gotas blancas, como la leche. Pero luego volvió a apagarse y a aislarse.
Aquel día no fue el único.
Al cabo de otro largo, larguísimo letargo, hubo otro momento mágico donde Ch’ienniang se conectó con la vida tan vigorosamente como entonces.
Ya no volvimos a ver sus ojos. Solo a veces, balbuceos y susurros sin sentido aparente. Tal vez un ruego o alguna plegaria. Tal vez.
Pero nada, nada pudo hacerme sospechar semejante desenlace.

Ch’ienniang y Wang Chu


Wang Chu descendió de la embarcación de un salto enérgico y vigoroso.
El contacto con esta tierra, ese suelo de Hunan que lo vio nacer, le devolvió el ánimo que había perdido en aquella fuga desgarradora.
Ch’ienniang y los niños quedaron dentro, esperando su regreso sin descender. Estaban emocionados y contentos. Pronto, muy pronto, sus hijos conocerían al abuelo, Chang Yi.
Ch’ienniang abrazaría a su padre al tiempo que le haría saber lo apenada que la tuvo tanto tiempo de distancia y desapego. Al fin podría redimirse por haber seguido los pasos de Wang Chu aquella noche. Tantos años soñando con este regreso. Tantos remordimientos, tanta pena confundida.
A cada paso el corazón se le estallaba en el cuerpo. Wang Chu sabía que enfrentarse a Chang Yi no sería sencillo.

Chang Yi


¡Mil años no hubieran sido tantos! ¡Cómo te atreves a presentarte así, después de haber destrozado a mi pequeña, a mi amada Ch’ienniang! ¡Vela tú mismo! Postrada y vacía desde tu ausencia, sin nada que podamos hacer.
¿Cómo dices? ¿Te has vuelto loco? ¿Acaso no has escuchado mi relato? ¡Ch’ienniang no se ha movido de esa cama desde que te fuiste!
No es posible. ¡No es posible!
¡Mei Ling! ¡Mei Ling! Vé con Wang Chu y cerciórate tu misma. Dice que Ch’ienniang está con él y que ha venido a vernos, ¡con sus hijos!

Ch’ienniang


Al oír su nombre en la voz de Wang Chu, Ch’ienniang abre los ojos.
Su rostro, pálido y sin vida, comienza a tomar un leve tono rosado. Sus sentidos se articulan y llenan de vida su mirada.
Comienza a reconocerse, a descubrirse, a verse.
Se incorpora lentamente, sin titubeos, sin vacilaciones.
Camina, sale del cuarto y llega al patio donde está su padre totalmente desconcertado, por el relato de Wang Chu y por lo que ahora mismo está viendo: a Ch’ienniang pasar delante de él, casi sin verlo, avanzando a través del amplio patio hacia el río donde estaba la embarcación.
Se encontraron en el trayecto y ambas Ch’ienniang se pararon una frente a la otra, se deleitaron en el encuentro, y con cada acercamiento se incorporaban la una a la otra. Cada parte de su cuerpo se fundía en la otra, en una sola, en la misma, en Ch’ienniang.

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sábado, 29 de marzo de 2014

PESADILLA

Noviembre de 2014 - Mención Especial en Narración - 2do Certámen de Cuento, Narración y Poesía, organizado por la Comisión de Cultura del Consejo Consultivo de la Comuna 11, Cuidad de Buenos Aires, Argentina.



PESADILLA

C
uando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver.
Observó la escena a varios metros de distancia. Aún estaba agitado por la carrera, y no quería llamar la atención de la jauría. No podía creer lo que veía y estalló en llanto con espasmos incontrolables. Todo su cuerpo lloraba sin consuelo.
Se despertó muy agitado esa mañana; una pesadilla lo había atormentado en el tránsito por el último sueño. Le costó mucho abrir los ojos. Finalmente pudo saltar del camastro y terminar con el sufrimiento. Se fue vistiendo entre el olor a rancio y los ronquidos del padre. Sus ropas se mezclaban con los cuerpos de sus hermanos dormidos.
El sol todavía no alumbraba lo suficiente; se lo percibía desteñido y frío.
Miraba todo con los ojos bien abiertos y las pupilas dilatadas. Aún con la angustia de la pesadilla, intentaba focalizar cada cuerpo a modo de registro y de reconocimiento.
Unos perros ladraron. Su padre dejó de roncar y los niños se movieron en sus colchones. Oyó pasos y corridas en el corredor de la villa. Unos tiros dispersos. Los perros desaforados, que no dejaban de ladrar, tropezaban entre ellos al pasar por delante de la casa.
Se calzó las zapatillas sin atarlas, y salió con la sensación intacta que tuvo al despertarse: miedo. Por delante de él pasaron tres pibes; los conocía de vista y algunos escuetos saludos. Corrían y vociferaban palabras incomprensibles.
Sin saber por qué, él también empezó a correr y se sumó al grupo de muchachos tratando de comprender qué era lo que estaba pasando. A la carrera le pasaron un chumbo y le avisaron que estaba cargado; que disparara apenas viera pasar a la mina; que los había robado, que había que bajarla antes que siguiera. Que se abriera a la izquierda que ellos lo harían a la derecha. –¡Dale flaco, metele caño!
Apenas dobló en la esquina, agudizó los sentidos. El miedo le hacía escuchar hasta los aleteos de las moscas. No pensaba. Trataba de hacerlo, pero no lograba hilvanar sus pensamientos; solo obtenía visiones fotográficas: su pesadilla, el olor de la pieza, sus hermanos durmiendo, los ronquidos del padre…
En la semioscuridad divisó una figura que atravesaba el callejón siguiente. Los perros y los demás se oían por otro lado. Tomó más velocidad, se acercó a la esquina, se cubrió, y disparó a la distancia.
Seguro de haberle dado, escuchó el alarido de la joven y enseguida oyó acercarse a los demás junto a los perros ladrando. Estaba yendo al lugar cuando lo atajaron los otros y le dijeron que no lo haga, que se vaya a su casa lo más pronto posible, que se guarde por un tiempo.
Así lo hizo. Tiró el arma en el zanjón y volvió como una flecha a la pieza. Lo recibió su padre, desesperado porque no encontraban a su hermana. El día ya estaba clareando.
No haciendo caso a las terribles sospechas que albergaba en su mente, calmó a su padre y salió a la carrera nuevamente.
Cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver, el cadáver de su hermana.

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sábado, 22 de marzo de 2014

¡AY, SANTÍSIMA MADRE!



(fuente: google)

¡AY, SANTÍSIMA MADRE!
 (versión libre del cuento A LA DERIVA, de Horacio Quiroga)

E
s la hora de las angustias y las penumbras. Al atardecer, el torrentoso Paraná prepara un escenario colmado de sombras agudas y amenazantes. Aún se cuelan los destellos dorados de un sol que languidece y cae lentamente; algunos rebotan y llegan hasta la canoa.
He jineteado estas aguas muchas veces. Son rápidas y traicioneras; bravas. Siempre me sobró temperamento para domarlas. ¿Será de Dios que hoy no pueda solo con esto?
Hace un par de horas nomás, mientras asestaba el machete en el cuerpo blancuzco de la yararacusú, en un feroz grito de dolor y de venganza le rogué clemencia a los dioses y a mis ancestros. Su mordida me dejó solo dos puntitos de sangre y una desesperada carrera contra la muerte.
Pude llegar al rancho, arrastrando la pierna entumecida.  Pero al comprobar la feroz hinchazón de toda la pierna y los punzantes dolores supe de inmediato que mis ruegos no habían sido escuchados.
“¡A lo de Alves, río abajo! Mi compadre tal vez pueda ayudarme”, me dije. ¡Qué iluso!
Mal hombre este compadre que no ha salido en mi auxilio. Si tan solo me hubiera tendido su mano, otra sería ya mi situación.
No hay tiempo para lamentarse.
¡Ay, santísima madre, como duele esto!
En un abrir y cerrar de ojos se ha hecho la noche; el cielo se ha cerrado demasiado rápido.
El río ha de llevarme solito hasta Tacurú-Pucú. En algo menos de una hora debería estar llegando.
Este cañadón ceñido y negro que nos envuelve con oscuridad de muerte, otrora habría sido algo a temer y a evitar por todos los medios. Ahora es todo lo que tengo y me entrego a su arrullo posesivo y sensual, mientras mi bote y yo vamos dando tumbos errantes.
El dolor es agudo. La inflamación, con su negruzca gangrena,  lo ha tomado todo. Mis ropas rasgadas exponen mi carne lacerada a un inclemente rocío. Mi respiración se dificulta y el olor a muerte lo invade todo.
Quisiera poder medir el tiempo. El que me resta de vida, el que he pasado ya tumbado en este bote. ¿Cuándo fue que nos vimos por primera vez? Dorotea, ¿estás aquí? ¿te acuerdas del compadre Gaona? ¿cuándo fue que lo vimos por última vez? ¿seguirá viviendo en Tacurú-Pucú? Dorotea, creo que ya estoy mejor, está pasando la fiebre y no siento tanto dolor. Tendremos que preguntar por lo de Dougald cuando lleguemos. Le debemos una visita. ¿Me oyes, mujer?


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