FUEGO
Julio estaba visiblemente alterado. Desde
la Olivetti con el papel anclado, aún zumbaban los sonidos de su caligrafía.
¿Era la trama o eran los personajes los
responsables de su encerrona?
Influenciado por los designios del
Cónsul y la fortaleza de Irene, intentaba mediar para que Sonia y Jeanne llegaran
a un entendimiento, mientras sostenía la apatía de Ronald. La comunicación no
fluía y los personajes se atascaba en una línea telefónica ligada a una fría
sucesión de números sin sentido; respiraban su propio aire, lo estaban
sofocando.
Nada. Empieza a sentir que ya no
puede hacer más nada. ¿O sí?
Después de haber leído mil veces la
trama todavía no puede asumir el inminente final.
Los hechos del pasado ya no son
modificables, claro, eso lo sabe bien, ya son así, son del pasado, de un pasado
escrito en sus palabras, con sus emociones. Así parecen haber sido. Los vuelve
a repasar y se siente cómodo con ellos. Eso puede aceptarlo.
Pero lo inquieta la conducta de
Sonia. Tiene la sensación que si no cambia algo se sentirá responsable de que
la propia humanidad no cambie.
Tal vez Sonia se haya precipitado (es
bastante común que las mujeres lo hagan). Sonia no es como la Maga y eso debió
haberlo sabido desde los primeros renglones. ¿Cómo es que siendo ella tan
previsible no haya podido anticiparse y detenerla? Puede que no haya querido hacerlo.
Desde el inicio esperó que la
realidad lo sorprendiera, y sin embargo ve como tristemente todos se repiten,
se copian, se imitan. Piensa que es una pena que ya no tengan el romanticismo y
la magia de entonces, ni el ímpetu del Cónsul para decidir con agallas y con
claridad sobre la vida de los otros.
Enciende el último Gauloises. Abolla
la caja, juega con las cerillas, pita profundamente el cigarrillo y se reclina
en la vieja Thonet.
En su cabeza siente las presiones de
los diferentes tiempos. El humo negro del tabaco encendido lo aproxima a una
realidad inexorable.
En la máquina lo esperan las últimas
líneas. Los personajes se impacientan.
Estira su brazo sin levantarse de la
silla y quita con violencia el papel del rodillo. Lo lee ligeramente y con la
colilla del cigarrillo lo enciende por uno de los extremos.
El humo es profundo, negro, y huele a
tinta. Las llamas aún pequeñas fascinan por su belleza.
Julio las mira, y suelta el último
trozo sobre el escritorio, atestado de papeles.
Una belleza suprema se presenta ante
sus ojos. El fuego ya es el todo poderoso.
Este fuego, como todos los fuegos,
ahora sí es verdadero.
Copyright © Laura de la Peña
(todos los derechos reservados)

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