Foto tomada de http://www.proyectopulperia.com.ar
TESTIGOS
DEL TIEMPO
“Solemos olvidarnos la vida en cualquier parte”
La mañana se resquebrajaba bajo un sol repetido e impiadoso.
Al costado del arroyo, sobre la calle de tierra apisonada, se acomodaba un
puñado de ranchos de adobe. Al final de la hilera, metros antes de la esquina,
una de ellas sostenía sobre su única abertura un cartel oxidado que todavía
permitía leer ‘La Pulpería – ABIERTO’.
Una par de carretas cargadas de provisiones se detuvieron
en la puerta.
La brisa arrebató la polvareda que levantaron los carros
y palidecieron los colores de los cardos silvestres y las madreselvas que
bordeaban el inhóspito camino. Con adormecida curiosidad, asomó su vida por la
ventana la misma mujer que recibió las frutas la semana pasada y el mes pasado
y los años pasados.
Desensilló un hombre bajo y rudo, de edad incalculable,
somnoliento y sudado. El hombre y la mujer movieron sus cabezas a modo de
cordial saludo.
Por la puerta salieron los perros, tropezándose entre
ellos y chumbándole al caballo que no dejaba de revolear su cola para espantar
las moscas. El percherón los miraba ajeno, moviendo levemente su cabeza y
apisonando el piso con patadas encaprichadamente rítmicas, mientras era
amarrado al poste.
El hombre entró en la pulpería. La mujer, ya detrás del
mostrador, repasaba un par de vasos.
La espalda de la mujer se reflejaba en un espejo
rectangular dispuesto en el centro de una estantería abarrotada de botellas, en
su mayoría vacías y cubiertas de una antigua capa de polvo. El hombre vio su
propio reflejo al hacerle señas a la mujer para que le acerque a la mesa la
grapa que acostumbraba a tomar, igual que la semana pasada y que el mes pasado
y que los años pasados.
La mujer llenó dos copas, calzó el repasador al hombro y
llegó a la mesa derramando algunas gotas que se quedarían allí en el piso tal
vez por algunos años más. Desparramó el polvo de la mesa con el mismo trapo,
posó los vasos y ambos respiraron una mirada antigua y cómplice.
Acostumbrados a compartir ese costado de la vida que se
empecinaba en cruzarlos cada semana, uno y el otro sabían al verse que le iban
empatando a la miseria. Una sombra sin palabras cruzó la expresión de la mujer,
que le palmó la espalda y se sentó a su lado.
Él se bebió de un solo tranco la grapa mientras ella se
lanzó sobre el silencio quebrándolo de un solo asesto: ¾Amigo, dicen que estas enfermo.
Él fue apagando sus ojos y descendiendo la mirada. Con el
dorso de la mano se limpió la boca y cabeceó el aire: ¾Zonceras de mala leche. Nada de eso.
Dos peones ágiles y diligentes entraron con canastas
cargadas de frutas que fueron acomodando al costado del mostrador, como lo
hacían cada semana. La mujer los observaba con la vista acostumbrada.
El hombre se paró y dejó sobre la mesa unas monedas
cubriendo el costo de ambos tragos, mientras sacaba de su polvorienta chaqueta
la libreta para apuntar la descarga.
Actuaron la repetida escena: apuntaron los faltantes,
saldaron los pendientes, pero esta vez
duplicaron el pedido para la próxima semana, recargando y renovando las
esperanzas.
El hombre cabeceó a la peonada y se enfiló hacia la
puerta. Detrás, la mujer siguió sus pasos restregándose las manos en el
delantal.
Antes de ensillar, el hombre levantó la vista y
sosteniendo débilmente la mirada la abrazó a la distancia.
Ella se quedó en la puerta, viendo el lento partir de las
carretas, agitando el polvo del aire en un gesto inútil para clarear la imagen,
rompiendo la rutina de esa semana.
Copyright © Laura de la Peña
(todos los derechos reservados)

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