(fuente: google)
¡AY, SANTÍSIMA
MADRE!
(versión libre del cuento A LA DERIVA, de Horacio
Quiroga)
|
E
|
s la hora de las angustias
y las penumbras. Al atardecer, el torrentoso Paraná prepara un escenario
colmado de sombras agudas y amenazantes. Aún se cuelan los destellos dorados de
un sol que languidece y cae lentamente; algunos rebotan y llegan hasta la
canoa.
He jineteado estas aguas muchas veces. Son rápidas y traicioneras; bravas.
Siempre me sobró temperamento para domarlas. ¿Será de Dios que hoy no pueda
solo con esto?
Hace un par de horas nomás, mientras asestaba el machete en el cuerpo
blancuzco de la yararacusú, en un feroz grito de dolor y de venganza le rogué clemencia
a los dioses y a mis ancestros. Su mordida me dejó solo dos puntitos de sangre
y una desesperada carrera contra la muerte.
Pude llegar al rancho, arrastrando la pierna entumecida. Pero al comprobar la feroz hinchazón de toda
la pierna y los punzantes dolores supe de inmediato que mis ruegos no habían
sido escuchados.
“¡A lo de Alves, río abajo! Mi compadre tal vez pueda ayudarme”, me
dije. ¡Qué iluso!
Mal hombre este compadre que no ha salido en mi auxilio. Si tan solo me
hubiera tendido su mano, otra sería ya mi situación.
No hay tiempo para lamentarse.
¡Ay, santísima madre, como duele esto!
En un abrir y cerrar de ojos se ha hecho la noche; el cielo se ha
cerrado demasiado rápido.
El río ha de llevarme solito hasta Tacurú-Pucú. En algo menos de una
hora debería estar llegando.
Este cañadón ceñido y negro que nos envuelve con oscuridad de muerte,
otrora habría sido algo a temer y a evitar por todos los medios. Ahora es todo
lo que tengo y me entrego a su arrullo posesivo y sensual, mientras mi bote y
yo vamos dando tumbos errantes.
El dolor es agudo. La inflamación, con su negruzca gangrena, lo ha tomado todo. Mis ropas rasgadas exponen
mi carne lacerada a un inclemente rocío. Mi respiración se dificulta y el olor
a muerte lo invade todo.
Quisiera poder medir el tiempo. El que me resta de vida, el que he
pasado ya tumbado en este bote. ¿Cuándo fue que nos vimos por primera vez?
Dorotea, ¿estás aquí? ¿te acuerdas del compadre Gaona? ¿cuándo fue que lo vimos
por última vez? ¿seguirá viviendo en Tacurú-Pucú? Dorotea, creo que ya estoy
mejor, está pasando la fiebre y no siento tanto dolor. Tendremos que preguntar
por lo de Dougald cuando lleguemos. Le debemos una visita. ¿Me oyes, mujer?
Copyright © 2014 Laura de la Peña
Todos los derechos reservados

Déjame tu comentario, me gustará conocer tu opinión. Gracias!!
ResponderEliminarEXCELENTE, LOGRASTES TRANSPORTARME SALVANDO LAS DIFERENCIAS AL RIO PARANA MAS ABAJO......ATARDECERES VIVIDOS JUNTO A MIS HIJOS A ORILLAS DE UN RIO DULCE Y MISTERIOSO. HISTORIA NARRADA CON LA RESIGNACION DE LOS LUGAREÑOS SACRIFICADOS Y RESIGNADOS A SU SUERTE. EXCELENTE LAURA
ResponderEliminar