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quella tarde me
había dado por revolver fotografías viejas. De una caja bastante desvencijada
tomé una foto al azar. Me quedé pensando “¿cuánto habrá de azar si siempre miro
la misma foto y es esa siempre la que queda por encima de las otras?”. Pequeña,
como las copias de antes, con los colores envejecidos, la imagen lograba
hipnotizarme: entre un grupo de chicas, yo adolescente y enamorada.
Extrañaba mi casa, mi barrio, mi infancia.
Me tentó regresar. Así nomás. Ponerme las botas, el abrigo
encima y salir de inmediato. Desandar el camino y coquetear con la máquina del
tiempo.
Y así lo hice.
Ni bien bajé las escaleras del puente de avenida San Martín
tuve que liberar mi alma. Como cuando uno suelta al perro para que corra por el
parque. Se me salía del cuerpo, no pude contenerla.
Me arrastraba como si estuviera atada a ella. Tiraba con
tanta fuerza, que hacía que me agitara.
Una vereda tras la otra; de un lado al otro en una calle
todavía adoquinada y siempre vacía. Mis pasos hacían eco. Las mismas casas; los
mismos árboles y nuevos amores tallados en sus troncos.
Más o menos a la mitad de la cuadra pude detenerme. Mis
pies latían dentro de mis botas. Mis manos transpiraban. Tuve que quitarme el
abrigo. Mi ropa estaba húmeda.
Del bolsillo de mi chaqueta saqué la foto. Estaba muy
borrosa y bastante arrugada. Me reflejé en ella como lo había hecho tantas
veces, sin embargo esta vez fue diferente.
En la foto estaba parada, frente a mi casa de entonces, con el gabán en la mano, con botas y la ropa
arrugada. Me vi como en un espejo sucio. Tal como me vería si hubiera tenido
uno en ese momento. Mi rostro, difuso, dejaba ver algo de asombro y una
increíble claridad en la mirada dirigida sin piedad al foco de la cámara. Me
miraba profundamente. Comulgamos unos segundos.
Una ráfaga de viento me la quitó de las manos. La vi
planear unos metros entrando por el pasillo de mi casa. La corriente la elevaba
y la volteaba casi como si jugara con ella. Estiré mis brazos y avancé para
poder retenerla. Se me escapaba. Di un par de pasos más largos y finalmente lo
logré. La tomé bien fuerte con mis manos.
Sorpresivamente al agarrarla el viento la elevó aún más.
Sentí el cuerpo más liviano. Comencé a despegarme del piso. Al principio fueron
solo unos centímetros. La brisa nos llevaba de un lado al otro por el pasillo. ¡Era
fantástico! Y con el siguiente aire nos elevamos un poco más. Pude ver por
encima de la medianera el patio de mi casa, la parra de uvas chinche, las
azaleas de mi madre increíblemente en flor, las alegrías del hogar de todos los
colores.
Voltee la cabeza y
desde esa posición podía ver la calle y la puerta de entrada desde donde había
ingresado. Y me vi allí, parada, de botas altas, con el abrigo en la mano y una
foto en la otra, viéndola como extasiada.
Copyright © Laura de
la Peña
(todos los derechos reservados)

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ResponderEliminarHermoso relato como siempre Laura, en esos días que uno esta con las defensas bajas y media tristona esta historia la lee con mas atención.......es como si la viviera, cada uno en su lugar claro. Excelentemente escrito.
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