Foto: Atardecer en el Yaguarón- Fotografía de Mariana Marziali (copyright, 2011)
Tendido
sobre el pasto, descubierto, con frío y aún borracho, abrió los ojos. Desde el
piso veía las ramas de los árboles entretejer figuras oscuras, doradas,
informes. Mal comido y con la humedad del piso calándole los huesos se puso de
pie. Hambre de una vida. Hambre. Pocas cosas conocía Jacinto más que el hambre.
Bajaba bruscamente
la temperatura. Agrandado, rojizo y con una lentitud exasperante, detrás de una
lejana hilera de sauces y de abetos, del otro lado del arroyo el sol iniciaba
su descenso.
Sobre la
orilla, con un cansancio compartido, las tres mujeres empezaban a juntar sus
cosas. En el tacho, solo había un par de dientudos. Demasiado poco para
alimentar a la prole. Esta vez, el arroyo, bien mezquino, no soltó más presas.
Esa mañana,
cuando despertó una de sus hijas, Dominga ya llevaba algunas horas de polvo en
sus pies. Había acomodado los cacharros en los cajones de madera antes de
juntar las hojas que el viento se empecinaba en esparcir por toda la pieza.
Aprovecharía el arroyo para lavar la ropa de sus nietos. Un día como tantos. Uno
más.
Dominga era
de baja estatura, corpulenta, de piel trigueña y quebrada. De mirada oscura y
distante, era una mujer sin abrazos, sin marido. Dios no había querido darle un
hijo varón. Dios sabe por qué hace las cosas. Con un mate cocido y un pan en la
panza, ella y dos de sus hijas habían cargado el tacho, unas cañas y lombrices
como carnada.
Ahora, en el
fondo del roído tacho, solo hay un par de dientudos. Ahora… ¿cuánto hace que es
ahora para ella? Ninguna posibilidad de detenerse. Vivir en un eterno ahora.
Ahora solo hay esto para comer… ahora somos muchos… ¿y antes? también. Mañana
veremos, cuando sea nuevamente ahora.
Jacinto atravesó los pajonales con trancos
desparejos, desequilibrados. A mano limpia, metido hasta el torso en el arroyo,
intentó sin suerte encontrar algo para comer.
Ya no le quedaba casi luz. Como siempre daba tumbos a oscuras por la
vida. Pensó en un trago, tal vez una buena hembra. Una hembra que le quite el
hambre.
Creyó ver de frente, algo que se movía a la
distancia. El viento le acercó un
murmullo y el olor a pescado fresco. Tendría que hacerlo de nuevo.
Dominga apuraba el paso. Sus hijas se le adelantaron
cantando algo incomprensible.
Agazapado y en penumbras, Jacinto se escuchaba a si
mismo respirar entrecortado. Se concentró como pudo para no espantar a sus
presas. Detuvo hasta sus sueños.
Como un gato montés en celo se abalanzó al paso de la
primera mujer. En el revoleo, las manos de la muchacha pudieron asirse de una
rama. Se oyeron gritos como gruñidos feroces. Con la blusa desgarrada, la
pollera levantada, herida y muy confundida, la joven no lograba asestarle
ningún golpe. Jacinto la tenía fieramente con una mano por el pelo mientras con
la otra tanteaba dentro de sus propios pantalones.
Dominga no
lo dudó ni un segundo. Tomó la botella del agua, la quebró sobre una piedra,
jineteó sus propios pasos a la velocidad de un pura sangre y se la incrustó de
un solo intento en la yugular.
Dios lo
quiso así. Ahora, había que encargarse de multiplicar la cena.
Copyright © Laura de la Peña
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ResponderEliminarMuy fuerte, debo admitirlo.......por su puesto excelentemente escrito.
ResponderEliminarFelicitaciones Laura.