Amo este relato. Es uno de los primeros que hice. Lo comparto. Ojalá a ustedes también les guste.
El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte,
cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo.
J.L.Borges – Tríada (fragmento)
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| Foto: Alfredo Gómez Cerdá - www.almezzer.com/blog |
Cuando
abrí los ojos no pude más que compadecerme de mí misma. En un instante supe que
ya todo estaba echado. Mi suerte y mi desgracia se habían encontrado.
Las
luces llegaban vagas y difusas, y la brisa helada contribuía a entumecer aún
más mis piernas, heridas, lastimadas, doloridas. Allí estaban, apenas a unos pasos, las luces
de la casa de mi tía. Los olores se mezclaban: tierra, barro, sangre y
pastizales con sabrosos misterios culinarios. Inalcanzables.
Esa
misma mañana nos hablamos y la oí feliz, excitada y contenta. Tenía mucho para
contarme. No podía hacerlo por teléfono. Me esperaba a cenar. Prometió
prepárame mi postre favorito. Prometí quererla, un poco más.
Desde
temprano rondaba en mi cabeza la idea de llamarlo, y casi lo hago. Tal vez más
tarde. “Sí, cuando salga de la fábrica lo llamo”.
Toda
la mañana soportando a la gorda. Esa mina que se cree que por ser la encargada
es la dueña de todo. “Un día de estos me va a escuchar y va a tener que
aguantar que le cante una cuantas”.
Por
suerte, en el comedor estaban las chicas, siempre alegres y chistosas que todo
le hacen pasar a una. Rosita contó que esta vez va en serio y que fijaron fecha
con Ramón. Él es tan bueno y ella tan agradable que no pude más que festejar a
los gritos por tanta alegría.
—¿Y
vos? ¿Te arreglaste con el fulano? —dijo la Marta— Mirá que si no lo agarrás
vos, se lo queda otra.
No
pude más que sonrojarme y titubear la respuesta —No, todavía no. Tal vez lo
llame esta tarde, no sé, vamos a ver.
El
solo hecho de imaginar su voz, lograba chispazos en mi alma y, para qué negarlo,
mucha incertidumbre. ¿Habrá pensado en mí todo este tiempo? ¿Tendrá ya una
nueva novia?
Cacho
me contó que lo vio la otra noche, caminando por la avenida, solo, con su
perrito, y que se le acercó y le preguntó por mí. Me mandó un beso. Un beso…
Casi me desmayo.
—Hoy no voy con ustedes
a la salida, voy a tomar el 79 a San Vicente. Me esperan en la casa de mi tía.
Aún
con la sirena sonando, fiché y en un tris ya estaba en la calle. Pasé por lo de
doña Elena y le pedí dos pesos de esas galletas que son tan ricas para el mate.
Si llego temprano, vamos a poder matear un rato, seguramente.
Al llegar a la
esquina tuve que correr para lograr subir al colectivo, que se llenó, como
todos a esta hora. Hora pico que le dicen.
No
imagino qué será lo que tiene la tía para contarme. No quiso adelantarme nada,
pero qué contenta se la oía esta mañana.
Por
fin me siento. El viaje es largo y los pies no son ajenos. A mi lado, el
muchacho que ya estaba sentado me observa, me recorre con su mirada. Logra
inquietarme. Lo miro. No lo conozco.
Casi
adormecida, reconozco la esquina y de un salto llego a la puerta para no
pasarme.
—Disculpe
¿qué calle es esta? —me increpa el muchacho que saltó detrás de mí también
hacia la puerta —Lorenzini —le indico— Gracias, aquí tengo que bajar también—dijo.
Ya
está anocheciendo. Aún tengo que caminar 10 cuadras y cruzar la estación. “¡Qué
temprano anochece en otoño!”.
La
gente va llegando a sus casas, y las calles se observan desoladas.
Al
cruzar una calle, me pareció ver que alguien se ocultaba detrás de un árbol. Apuro
el paso. Ahora siento sus pisadas demasiado cerca. Decididamente corro. Inicio
una carrera sin siquiera voltear mi cabeza para no perder tiempo en el
movimiento. Confirmo que sus pasos, ya sin disimulo, se han lanzado en mi misma
dirección.
Ya
casi en el descampado previo a la estación del tren, distingo la casa de mi tía. Sus pasos se sienten aún mas cerca. Respiro agitadamente. Tomo aire a
bocanadas. Consigo dar dos trancos que me ayudan a trepar el terraplén cuando
siento su aliento y sus manos alcanzando mi cartera. Caímos ambos. Desde el
suelo forcejeamos y pude reconocer el rostro de aquél que me inquietaba en el
viaje. Su mirada, sin verme, me traspasó el alma, al igual que su navaja lo
hacía en mi vientre y en mis costillas repetidas veces.
Grité…
o creí hacerlo. Pero a la vez supe que mi silencio se fundía con el frío
paisaje de mayo.
Sin ningún
resultado intenté moverme, pero el fuego que emanaba de mis heridas paralizaba mi
voluntad, calentaban mis ojos y enrojecía mi vista, con la que apenas
distinguía sombras. Aun así, mi cuerpo se movía. Estaba siendo arrastrada. Ya sobre
las vías, pensé en el beso y recordé que no lo había llamado.
Quise
resistir a la penumbra que invadía mis sentidos desesperadamente.
Pero
mi suerte estaba echada y el tren, a lo lejos, me invitaba a un eterno e
irremediable viaje.
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