sábado, 17 de mayo de 2014

ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO

Las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles.
Que vayas a un lugar o a otro depende de un ínfimo detalle.
Informe del cielo y del infierno - Silvina Ocampo

I
La habían llamado temprano. Encontró el mensaje en el contestador automático: –‘Hola, Julieta, mami llega esta noche. Nos encontramos donde siempre para ir todos juntos.’
El mensaje la disgustó. La última vez que salieron con ‘mami’ por poco caen en cana, chocaron la moto y les robaron toda la merca. Había decidido no participar más en esas salidas e iba a decírselos claramente.
Esa mañana había visto un escrito en la calle que decía: “Loca carrera al cielo” que probablemente fuera una nueva película o quizá una banda de rock. Pero le hizo recordar que cuando era una niña el cielo para ella era un lugar mágico: pensaba que las personas que iban al cielo lo hacían dentro de enormes aviones. Creía que hacían viajes fabulosos a otros mundos. Nunca supo de alguien que fuera al infierno y sí de los que se iban al cielo, así que siempre pensó que esa parte de la historia era mentira. Alzó la vista y se detuvo a contemplarlo y a imaginar una congestión de almas abonando peaje en el purgatorio. Su propia sonrisa la trajo de vuelta. Muchas cosas no eran como se las habían contado.  Pero aunque el cielo y el infierno no aguardaran por nosotros, las elecciones en este mundo había que hacerlas de todas maneras.
Hablaría con la barra. Elegiría las palabras. No quería ofenderlos.
Esa noche la esperaban en la parroquia. Pronosticaban mucho frío y saldrían a recorrer las calles con abrigos y sopa caliente. Se preguntaba qué es lo que hace que la vida sea a veces tan miserable con algunos y se ensañe con ellos con tanta crueldad.
Mientras cocinaba las verduras para la sopa, iba lavando el arroz. La vista se le fijaba en cada grano a la vez que buscaba cuidadosamente las frases con que aclararía las cosas con sus amigos, cual alegato final.
El agua se derramaba por el cuenco… el arroz se escurría por el desagüe… su mente no detenía el tiempo.
Cerró el agua, recogió el arroz desparramado, se secó las manos, apagó el fuego, tomó las llaves, salió con decisión.
Entró al barrio por el callejón abierto. Por ese camino la conocen todos. A pocos pasos encontró a Claudia, al pasar por la salita se juntaron Matías y Mariana y a la vuelta de la esquina ya se le había sumado casi todo el grupo. Entraron en lo del turco. La escucharon con atención. Fue clara. Estaba haciendo su elección. La amistad no estaba en juego.
El turco destapó la primera cerveza y Claudia encendió el primer porro.

II
El impacto se oyó a cientos de metros de distancia. Algunos pobladores incluso habían visto el accidente.
A esa hora la ruta casi siempre está cubierta de neblina. Pocas son las almas que se aventuran a transitarla.
El silencio de un eterno compás de espera seguido de los sonidos más desgarradores daría comienzo a un dantesco movimiento.
Atravesando un denso cuerpo de humo, un camionero saltaba las vallas de la ruta para ayudar a las víctimas.
Ópticas, pedazos de faros, vidrios rotos, chapones, bolsos, carteras, humo, mucho desconcierto.
Sin poder comprender la distancia recorrida pudo ver a dos muchachos que se ayudaban uno a otro a incorporarse. Estaban del otro lado de la ruta y a más de cincuenta metros de distancia. 
Debajo de los despojos de un Fiat Siena, aún lejos de alguna mirada salvadora, entre chapones retorcidos y calientes Julieta pudo ver los zapatos del camionero pasar muy cerca suyo.

III
Entre sueños escuchó voces; algo de un accidente en una ruta. Hacía esfuerzos para despertarse y oír mejor, pero solo conseguía retener palabras aisladas: jóvenes…  Fiat … parejita… de frente… cocaína… Seguramente se había quedado dormida y la radio estaría dando las noticias, trágicas y escabrosas, como siempre. Hacía mucho esfuerzo, pero no lograba despertarse. Caía nuevamente en un sueño muy profundo. Tampoco podía moverse. El sueño se la llevaba.
No distinguía los dolores de su cuerpo. Un solo e inmenso dolor de fuego la atravesaba completamente. Escuchó más pasos e intentó gritar. Pero no pudo tomar más que una mínima cantidad de aire y apenas se escuchó ella misma en un jadeo de muerte. La realidad se oscurecía y la cubría de sopor.
Recordó el arroz y un profundo olor a sopa le acarició el alma. Tenía que apurar la cocción. Debía estar lista antes que anocheciera. Seguramente habría olvidado alguna ventana abierta, el frío le estaba entumeciendo las manos y no sabía cómo hacer para agarrar la olla. A las ocho de la noche iban a pasar a buscar los frascos de sopa. Debía hacer algo con sus manos… y con sus pies: un rarísimo dolor punzaba sus plantas, eran pinchazos que la distraía y no la dejaban terminar la cena. Seguramente faltaban pocos minutos para que vengan a buscarla y aún no la había colocado en los potes servidores. ¡Estaba sonando el timbre y ella no había terminado!

IV
Un estremecedor ruido de sirenas y frenadas volvió a encender las luces en este costado de la vida. De nuevo pudo ver pies bien calzados pasar muy cerca de ella en todas direcciones. Sin poder unir este escenario con la cocina de su casa, ni este olor a muerte con la sopa de arroz, la oscuridad volvió a llevarla lentamente.
Un grupo de paramédicos se acercó porque les pareció ver a alguien dentro de lo que quedaba del auto totalmente retorcido al borde de la ruta.
–Si nos escucha, por favor díganos su nombre.
–Julieta –llegó a decir antes de volver a desmayarse ya casi sin signos vitales.

V
El padre Juan fue el primero en entrar a la sala en la que daría el responso. Su amiga se le había vuelto a soltar de la mano, una vez más y para siempre.

Se preguntaba qué es lo que hace que la vida sea a veces tan miserable con algunos y se ensañe con ellos con tanta crueldad. Seguía sin encontrar las respuestas y estaba seguro de no hallarlas nunca.


Copyright © Laura de la Peña
(todos los derechos reservados)

lunes, 31 de marzo de 2014

EL ENCUENTRO





Alguien dijo por ahí que Dios es infinito,
y en su infinita misericordia acuna las almas en pena…

Yo no lo creo, solo lo anhelo.

Laura






EL ENCUENTRO  


(Versión Libre basado el cuento de la dinastía T'ang narrado por Jorge Luis Borges) 


Ch’ienniang = Ella
Wang Chu = El
Mei Ling = La criada
Chang Yi = Padre de Ch’ienniang


Cuando te observo así, Wang Chu, mirándome a los ojos como lo haces ahora, desde tu rostro ajado y sabio, en esta comunión que logramos sostener por más de cincuenta años, me brotan las lágrimas en una confusa sensación de angustia y alegría. Ambigüedades del alma. Dos caras de una misma moneda.

El yin y el yan como partes de un todo, que ante el desgarro intentarán volver a unirse naturalmente.

Un camino plagado de aprendizajes por el que tuve que transitar para lograr el equilibrio.


Ch’ienniang


Soportaré tu ausencia desde el infinito amor que nos juramos, amado mío.
No dejaré que te vayas de mi mente. No renunciaré al rescate de mi alma.
Solo tuya, aguardaré pacientemente tu regreso, y mí regreso.
Tejeré minuciosamente cada instante y crearé un tiempo que será nuestro, en el que viviremos nuestro anhelado destino.
Aquí estaré, amor mío, atesorando el aire de mis antiguos suspiros para cuando vuelvas.
Porque volverás, tal como nos prometimos. Y veré tu rostro, simple, calmo y eterno, como en mis ojos veo tu amoroso recuerdo.
Volverás, y en ese encuentro distinguiré mi alma, y con tu mirada me volveré yo misma.

Mei Ling


–Deja ya de llorar, que no hay caso mujer. Desvaría. Desvaría todo el tiempo. Ni conciencia tiene. Ni una mirada, ni un gesto, más que susurros inconexos y desvaríos constantes. Si al menos comiera algo… ¡Santo Dios, cuánto castigo!
Mei Ling, la criada, secó sus lágrimas y enjuagando el paño húmedo lo puso nuevamente sobre la frente de Ch’ienniang quien no paraba de balbucear incoherencias.
Con su gesto notó que comenzaba a aquietarse y a calmarse, a entregarse nuevamente a un sueño relajado.
–Déjeme estar con ella señor, se lo suplico. Aún su alma pena, lo sé. Pero mi acercamiento acompaña su descanso. Verá cómo va a ponerse bien dentro de poco.
Así ha estado por años. Desde aquel desafortunado día en que el señor prometió su mano a un funcionario, sin atender las súplicas de Ch’ienniang y Wang Chu.
Aquella tarde, ese apuesto caballero, deslumbrado por la belleza de Ch’ienniang, a quien veía con frecuencia en la casa de su padre, la solicitó en matrimonio y la tragedia se hizo sentir de inmediato en esta casa, la que supo albergar la encendida pasión de los amantes.
Ch’ienniang y Wang Chu sintieron su propia muerte. Suplicaron al padre sin resultados.
Wang Chu, desconsolado, se arrojó al camino, y no supimos más de él.
Ch’ienniang se desmoronó en pocos días. Se replegó en sí misma. Al mirarla, sus ojos ya no me reflejaban. Como si su alma se negara a aceptar tanta crueldad. Como si su alma no la acompañara en su decisión. Enfermó lentamente y se sumió en un estado de letargo casi eterno ya.
Una tarde, hace algunos años, oímos a Ch’ienniang gemir durante algunos minutos.
Todos nos sentimos muy consternados. Pensamos que estaría dando sus últimos suspiros. Cuando de pronto, abrió sus ojos renegridos y vimos como su mirada se cargaba de un destello increíble, lleno de luz. Sus ojos, tan bellos como entonces, reflejaron la vida misma, con la certeza de un amor tan profundo como infinito y nos dieron ganas a todos de llorar y de abrazarnos y besarla y acompañarla con una gran algarabía de reencuentro, de nacimiento. La vida estaba abriéndose paso a través de ella, emanando una energía imposible de creer. Incluso esa noche, a la hora de su baño, creí ver que de sus pechos brotaban gotas blancas, como la leche. Pero luego volvió a apagarse y a aislarse.
Aquel día no fue el único.
Al cabo de otro largo, larguísimo letargo, hubo otro momento mágico donde Ch’ienniang se conectó con la vida tan vigorosamente como entonces.
Ya no volvimos a ver sus ojos. Solo a veces, balbuceos y susurros sin sentido aparente. Tal vez un ruego o alguna plegaria. Tal vez.
Pero nada, nada pudo hacerme sospechar semejante desenlace.

Ch’ienniang y Wang Chu


Wang Chu descendió de la embarcación de un salto enérgico y vigoroso.
El contacto con esta tierra, ese suelo de Hunan que lo vio nacer, le devolvió el ánimo que había perdido en aquella fuga desgarradora.
Ch’ienniang y los niños quedaron dentro, esperando su regreso sin descender. Estaban emocionados y contentos. Pronto, muy pronto, sus hijos conocerían al abuelo, Chang Yi.
Ch’ienniang abrazaría a su padre al tiempo que le haría saber lo apenada que la tuvo tanto tiempo de distancia y desapego. Al fin podría redimirse por haber seguido los pasos de Wang Chu aquella noche. Tantos años soñando con este regreso. Tantos remordimientos, tanta pena confundida.
A cada paso el corazón se le estallaba en el cuerpo. Wang Chu sabía que enfrentarse a Chang Yi no sería sencillo.

Chang Yi


¡Mil años no hubieran sido tantos! ¡Cómo te atreves a presentarte así, después de haber destrozado a mi pequeña, a mi amada Ch’ienniang! ¡Vela tú mismo! Postrada y vacía desde tu ausencia, sin nada que podamos hacer.
¿Cómo dices? ¿Te has vuelto loco? ¿Acaso no has escuchado mi relato? ¡Ch’ienniang no se ha movido de esa cama desde que te fuiste!
No es posible. ¡No es posible!
¡Mei Ling! ¡Mei Ling! Vé con Wang Chu y cerciórate tu misma. Dice que Ch’ienniang está con él y que ha venido a vernos, ¡con sus hijos!

Ch’ienniang


Al oír su nombre en la voz de Wang Chu, Ch’ienniang abre los ojos.
Su rostro, pálido y sin vida, comienza a tomar un leve tono rosado. Sus sentidos se articulan y llenan de vida su mirada.
Comienza a reconocerse, a descubrirse, a verse.
Se incorpora lentamente, sin titubeos, sin vacilaciones.
Camina, sale del cuarto y llega al patio donde está su padre totalmente desconcertado, por el relato de Wang Chu y por lo que ahora mismo está viendo: a Ch’ienniang pasar delante de él, casi sin verlo, avanzando a través del amplio patio hacia el río donde estaba la embarcación.
Se encontraron en el trayecto y ambas Ch’ienniang se pararon una frente a la otra, se deleitaron en el encuentro, y con cada acercamiento se incorporaban la una a la otra. Cada parte de su cuerpo se fundía en la otra, en una sola, en la misma, en Ch’ienniang.

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sábado, 29 de marzo de 2014

PESADILLA

Noviembre de 2014 - Mención Especial en Narración - 2do Certámen de Cuento, Narración y Poesía, organizado por la Comisión de Cultura del Consejo Consultivo de la Comuna 11, Cuidad de Buenos Aires, Argentina.



PESADILLA

C
uando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver.
Observó la escena a varios metros de distancia. Aún estaba agitado por la carrera, y no quería llamar la atención de la jauría. No podía creer lo que veía y estalló en llanto con espasmos incontrolables. Todo su cuerpo lloraba sin consuelo.
Se despertó muy agitado esa mañana; una pesadilla lo había atormentado en el tránsito por el último sueño. Le costó mucho abrir los ojos. Finalmente pudo saltar del camastro y terminar con el sufrimiento. Se fue vistiendo entre el olor a rancio y los ronquidos del padre. Sus ropas se mezclaban con los cuerpos de sus hermanos dormidos.
El sol todavía no alumbraba lo suficiente; se lo percibía desteñido y frío.
Miraba todo con los ojos bien abiertos y las pupilas dilatadas. Aún con la angustia de la pesadilla, intentaba focalizar cada cuerpo a modo de registro y de reconocimiento.
Unos perros ladraron. Su padre dejó de roncar y los niños se movieron en sus colchones. Oyó pasos y corridas en el corredor de la villa. Unos tiros dispersos. Los perros desaforados, que no dejaban de ladrar, tropezaban entre ellos al pasar por delante de la casa.
Se calzó las zapatillas sin atarlas, y salió con la sensación intacta que tuvo al despertarse: miedo. Por delante de él pasaron tres pibes; los conocía de vista y algunos escuetos saludos. Corrían y vociferaban palabras incomprensibles.
Sin saber por qué, él también empezó a correr y se sumó al grupo de muchachos tratando de comprender qué era lo que estaba pasando. A la carrera le pasaron un chumbo y le avisaron que estaba cargado; que disparara apenas viera pasar a la mina; que los había robado, que había que bajarla antes que siguiera. Que se abriera a la izquierda que ellos lo harían a la derecha. –¡Dale flaco, metele caño!
Apenas dobló en la esquina, agudizó los sentidos. El miedo le hacía escuchar hasta los aleteos de las moscas. No pensaba. Trataba de hacerlo, pero no lograba hilvanar sus pensamientos; solo obtenía visiones fotográficas: su pesadilla, el olor de la pieza, sus hermanos durmiendo, los ronquidos del padre…
En la semioscuridad divisó una figura que atravesaba el callejón siguiente. Los perros y los demás se oían por otro lado. Tomó más velocidad, se acercó a la esquina, se cubrió, y disparó a la distancia.
Seguro de haberle dado, escuchó el alarido de la joven y enseguida oyó acercarse a los demás junto a los perros ladrando. Estaba yendo al lugar cuando lo atajaron los otros y le dijeron que no lo haga, que se vaya a su casa lo más pronto posible, que se guarde por un tiempo.
Así lo hizo. Tiró el arma en el zanjón y volvió como una flecha a la pieza. Lo recibió su padre, desesperado porque no encontraban a su hermana. El día ya estaba clareando.
No haciendo caso a las terribles sospechas que albergaba en su mente, calmó a su padre y salió a la carrera nuevamente.
Cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver, el cadáver de su hermana.

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sábado, 22 de marzo de 2014

¡AY, SANTÍSIMA MADRE!



(fuente: google)

¡AY, SANTÍSIMA MADRE!
 (versión libre del cuento A LA DERIVA, de Horacio Quiroga)

E
s la hora de las angustias y las penumbras. Al atardecer, el torrentoso Paraná prepara un escenario colmado de sombras agudas y amenazantes. Aún se cuelan los destellos dorados de un sol que languidece y cae lentamente; algunos rebotan y llegan hasta la canoa.
He jineteado estas aguas muchas veces. Son rápidas y traicioneras; bravas. Siempre me sobró temperamento para domarlas. ¿Será de Dios que hoy no pueda solo con esto?
Hace un par de horas nomás, mientras asestaba el machete en el cuerpo blancuzco de la yararacusú, en un feroz grito de dolor y de venganza le rogué clemencia a los dioses y a mis ancestros. Su mordida me dejó solo dos puntitos de sangre y una desesperada carrera contra la muerte.
Pude llegar al rancho, arrastrando la pierna entumecida.  Pero al comprobar la feroz hinchazón de toda la pierna y los punzantes dolores supe de inmediato que mis ruegos no habían sido escuchados.
“¡A lo de Alves, río abajo! Mi compadre tal vez pueda ayudarme”, me dije. ¡Qué iluso!
Mal hombre este compadre que no ha salido en mi auxilio. Si tan solo me hubiera tendido su mano, otra sería ya mi situación.
No hay tiempo para lamentarse.
¡Ay, santísima madre, como duele esto!
En un abrir y cerrar de ojos se ha hecho la noche; el cielo se ha cerrado demasiado rápido.
El río ha de llevarme solito hasta Tacurú-Pucú. En algo menos de una hora debería estar llegando.
Este cañadón ceñido y negro que nos envuelve con oscuridad de muerte, otrora habría sido algo a temer y a evitar por todos los medios. Ahora es todo lo que tengo y me entrego a su arrullo posesivo y sensual, mientras mi bote y yo vamos dando tumbos errantes.
El dolor es agudo. La inflamación, con su negruzca gangrena,  lo ha tomado todo. Mis ropas rasgadas exponen mi carne lacerada a un inclemente rocío. Mi respiración se dificulta y el olor a muerte lo invade todo.
Quisiera poder medir el tiempo. El que me resta de vida, el que he pasado ya tumbado en este bote. ¿Cuándo fue que nos vimos por primera vez? Dorotea, ¿estás aquí? ¿te acuerdas del compadre Gaona? ¿cuándo fue que lo vimos por última vez? ¿seguirá viviendo en Tacurú-Pucú? Dorotea, creo que ya estoy mejor, está pasando la fiebre y no siento tanto dolor. Tendremos que preguntar por lo de Dougald cuando lleguemos. Le debemos una visita. ¿Me oyes, mujer?


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sábado, 22 de febrero de 2014

PASAJEROS


(foto fuente Google)




Este largo cansancio se hará mayor un día, 
y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir 
arrastrando su masa por la rosada vía, 
por donde van los hombres, contentos de vivir... 

Sentirás que a tu lado cavan briosamente, 
que otra dormida llega a la quieta ciudad. 
Esperaré que me hayan cubierto totalmente... 
¡y después hablaremos por una eternidad! 
Gabriela Mistral – Los sonetos de la muerte (fragmento)

PASAJEROS

Eran las 8:30. Desde los altavoces se escuchó el anuncio de la llegada de la próxima formación. En solo dos minutos descenderían a borbotones cientos de almas enredadas, comprimidas y en absoluta soledad.
En el andén, desde muy temprano comenzaron a mezclarse olores ajenos. Lentamente fueron cobrando densidad. Mutaron sus patrones desde lavandas añejas a naranjas, ajos y salchichas.
Los puestos ambulantes se aprestaban a recibir el malón que cada quince minutos volcaba con precisión incierta una máquina tan estrepitosa como vieja, temeraria y vetusta.
El reloj del pasillo central, una máquina perfecta de mediados del siglo pasado,  avanzaba mecánicamente cada minuto al número siguiente: eran ahora las 8:32.
Los cambios en las vías fueron operados a tiempo. Las señales luminosas le daban paso. La tropa de señaleros agitaba sus banderines, una y otra vez. El tren estaba entrando por el andén 2.
En los vagones, los Juanes y Marías rodeados de gente a la que verían gritar, desgarrarse y morir, no se reconocían.
Dicen que fue tan repentino, tan sorpresivo, tan violento, que algunas almas adormecidas ni se enteraron. Más de 1000 personas, Juanes y Marías, aseguran haber conocido el infierno. Tan solo 51 no lo pudieron relatar.

El miércoles 22 de febrero de 2012 a las 8:33 de la mañana, una formación de tren entrando a la Estación Once de Septiembre (Once) no pudo detenerse.

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sábado, 15 de febrero de 2014

UN DÍA COMO CUALQUIER OTRO


I
Sonaba el teléfono. Desde el lavadero apenas si podía oírlo. Apoyó las prendas húmedas sobre el lavarropas, se apresuró a secarse las manos en su delantal y bajó las escaleras lo más rápido que le permitían sus piernas. La señora dormía y había pedido que la dejaran descansar al menos una hora. Mientras llegaba a manotear el aparato para que no siguiera sonando, pudo mirar el reloj. Respiró aliviada. Ya había pasado ese tiempo prudencial.
―Señora, perdón que la despierte. Es para usted, su hermana. Yo le dije que estaba durmiendo, pero…
―Ay Dios, esta mujer. No hay forma que respete mis horarios. No te preocupes querida. Andá nomás.
Se distrajo en el trayecto recogiendo algunas mudas del piso y acomodando de nuevo las toallas en el baño.
Podía oír algunas frases de la conversación telefónica: “No, Beba, no conozco a nadie para recomendarte.  Lo que te puedo ofrecer es mandarte a Elba un par de días a la semana hasta que consigas a alguien. Ya sabés que no puedo estar sin ella por mucho tiempo… sí, claro… te entiendo… pero… dejalo por mi cuenta… no, no la llames… yo se lo digo… dale”.
Se deslizó en el aire lo más rápido que pudo, y estuvo de regreso en el lavadero casi al instante.
Esparció las ropas en la soga, una al lado de la otra, sujetándolas con esmero para que las prendas no quedaran marcadas. El sol aun prometía un par de horas por delante. Entre toallas y sábanas se colaban las frases escuchadas. Dos medias del mismo color, la señora Beba, un repasador, su maldito perro, el mantel sin las manchas de vino, su marido.
Si le tocaba ir, hablaría con la señora Beba. Al menos el tema del perro. Lo del marido tal vez fuera su culpa. Esta vez, le pediría permiso a su señora para llevar el uniforme viejo, que es más ancho y flojo y se lo pondría sobre unos pantalones para que no se le vean las piernas.
Acomodando la ropa para planchar, repasaba sus propios miedos. Le llevaría un huesito al perro para ganarse su amistad. Se lo había recomendado doña Nélida, la portera. Ya vería ella como el perro la iba a esperar moviéndole la cola.  No quería ver a ese hombre.
Tal vez solo sean 2 ó 3 días… La vez pasada fue mucho tiempo, claro, el postoperatorio de la señora Beba llevó más de la cuenta. Los hombres se ponen muy nerviosos. Si le gustara el futbol, tendría como distenderse. El perro tal vez la recordara. El señor…
Debía alejarse de sus malos pensamientos, al menos cuando lavaba los platos, no fuera el caso que rompiera alguna copa del juego. La señora Beba y su marido son también patrones, como su señora. Son gente respetable.  Además, el señor ya habría vuelto al trabajo y no andaría por la casa tras sus pasos.

II
Llegó algo agitada. El día se había presentado muy caluroso y húmedo. El uniforme, algo más holgado y cómodo que los nuevos, era un poco más grueso. Los pantalones se los pondría luego.
¡Cuánto estaba tardando la señora Beba en abrir la puerta! Sintió los pasos por el corredor y el tintinear de las llaves. Eran tantas cerraduras que esos últimos segundos lograron desesperarla.
El sol caía impiadoso.
Por fin se abría la puerta. Siempre con ese chillido fantasmal. Habría que aceitar esas bisagras. Se lo comentaría a la señora Beba ni bien la saludara. Incluso, ella misma podría hacerlo.
La escena la tomó de sorpresa. La cara del señor Isidro, todo su maltrecho cuerpo, su eterna mueca de complacencia, ese perfume que le recordaba solo incomodidades, le daban la bienvenida mientras atinaba a dar medio paso hacia atrás. Antes de poder retroceder con el otro pie, él ya la había tomado de la cintura y le baboseaba la mejilla derecha.
―Pasá, querida, te estaba esperando. Beba salió de shopping con las amigas. Qué calor, ¿no?
Se quedó petrificada, detrás de la puerta cerrada con 3 cerraduras, viendo cómo el señor se le adelantaba arrastrando un pie por el pasillo de entrada que conducía al interior de la casa.
―No te preocupes por el perro que lo llevó Beba para que lo bañen.
Desclavó los pies del suelo, recorrió el pasillo con la vista fijada al piso, y se dirigió directamente a la cocina.
Isidro ya estaba allí, esperándola sonriente ―Justo me iba a poner a comer. Vení, sentate y comemos juntos. Beba dejó una lista para que necesita que hagas.
La lista estaba en sus manos. Tendría que acercarse a él que con rapidez se sentaba a la mesa, si quería para leerla.
―Gracias, señor, coma tranquilo, yo no voy a almorzar ―se arrimó a la mesa para tomar el trozo de papel con las indicaciones de la señora Beba.
La mano del señor Isidro le apretó la suya contra la mesa al mismo tiempo que le insistía con el almuerzo. Sintió como la presión de su mano fría y huesuda, cubierta de pecas, la retenía. Se desestabilizó y atinó a sentarse para no caer al piso.
Sin atender a su negación, el señor le sirvió un trozo de pastel que había dejado listo la señora Beba para el almuerzo.
Se descolgó el bolso que aún llevaba montado en el hombro y lo colocó en la silla contigua. Sintió náuseas. Fijó la vista en el plato y tomó los cubiertos.

III
El señor comenzó a hablar de lo bien que hizo en venir, y cuánto la estaban necesitando.
Ella lo miraba comer aún perpleja por la situación inesperada de encontrarse sola con él en una casa tan grande y cerrada con varias llaves. Lo vio atragantarse con una miga de pan, beber con desmesura de una copa de vino a medio llenar, derramando parte por la comisura de unos labios descoloridos, demasiado finos y desacomodados, en una cara de mil años y mil demonios. Él notó que lo miraba y atinó a tomar su servilleta y restregarse, torpe y sin puntería, unos bigotes ralos y pinchudos.
―Estás muy callada hoy.
Se llevó con agilidad un bocado a la boca para no responderle. Sin poder masticar la comida se echó un poco de soda y bebió un gran sorbo arrastrando angustiosamente todo lo que tenía en la boca. Sin poder controlar sus emociones sintió unas irrefrenables ganas de llorar. No pudo contenerse.
― ¿Te sentís bien? ―le dijo el señor asombrado, acercándose a ella.
De costado y con un movimiento medio forzado, le pasó un brazo por la espalda y la atrajo hacia sí.
Como tocada por el demonio saltó de la silla, la que se volcó en el mismo instante.
Él se incorporó de inmediato, dio dos pasos y la tomó de la cintura, la atrajo con decisión contra su cuerpo, la inmovilizó rodeándola con ambos brazos y apoyándola contra una de las paredes de la cocina la besó en el cuello.
Ella forcejeaba sin decir una palabra y con pocas probabilidades de zafarse. Sintió como ese viejo y desacomodado cuerpo se le incrustaba en el suyo, se le refregaba, la manoseaba. ¡Gozaba el muy hijo de puta!
Logró salir de su letargo y emitió un alarido desgarrador y agudo que aturdió al hombre y lo dejó un par de segundos confundido. Liberó una de sus manos y apoyándose en la pared pudo quitárselo de encima.
Se soltó del todo, llegó a la mesa y de espaldas al viejo tomó un cuchillo. Volvió a gritar. Gritaba como una enloquecida. Él se le acercó y la tomó de la cintura. Ella giró y sin pensarlo movió su brazo para clavárselo.
Él no pudo medirlo.  La miró desde unos ojos vidriados, muy abiertos, y se llevó la mano al cuello. La sangre brotaba y se esparcía por todos lados. Se le nublaba la vista. Los alaridos de ella se escuchaban desde la calle.
Beba llegó a oírlos mientras intentaba poner las llaves en la puerta. Entró como enloquecida. A medida que avanzaba iba soltando las bolsas que traía por el pasillo.
Al llegar a la cocina no podía creer lo que veía. Isidro en el piso, en un charco de sangre se movía con un ritmo espasmódico.
Elba, aún con el cuchillo en la mano, contra la pared, la misma pared testigo de su oprobio, seguía gritando y llorando desconsoladamente.
La señora Beba se arrodilló junto a su marido, intentaba calmarlo y pararle la sangre presionando con una servilleta.
Tomó el celular de su cartera y llamó a la policía. Miró a la chica como a una cucaracha y se le tiró encima golpeándola y pegándole salvajemente.
Unos minutos después, llegaron los paramédicos y casi al mismo tiempo los agentes policiales. El señor Isidro ya no se movía.
Sonaba el teléfono. Preguntaban por Elba. Su señora quería saber a qué hora regresaría. No tenía nada para cenar y la estaba necesitando.
De nuevo escuchaba parte de la conversación “… es una desagradecida… siempre le dimos trabajo… si, gracias, querida. Te dejo, tengo que firmar unos papeles. Se la llevan detenida, por suerte”.

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domingo, 2 de febrero de 2014

LA LEYENDA DE LA VIEJA DE MI CUADRA

Un relato para niños, ¿o no?


foto http://www.flickr.com/photos/psiconautics/2614817930/

Los niños, en sus travesuras, no miden las consecuencias. La inocencia los anima.
Aquella mañana no fue la excepción.
Doña Emma, la torcida y envejecida mujer de la casona antigua, asomó su hocico por la ventanilla de la derruida puerta para espantarlos al menos un rato. Ni un tranco retrocedieron. Y eso la enojó aún más.
Con mucha torpeza logró abrir una de las hojas del antiguo portón de hierro y exhibió su maltratada figura, la que no permitía imaginar ningún pasado venturoso.
De una fealdad muy agresiva la pobre vieja gozaba de una singular y potente voz de pito. A cada grito suyo el piberío golpeaba aún más fuerte las rejas de la entrada con palos y adoquines. Y no faltó el atrevido que arrojó la primera piedra con una excelente puntería.
Doña Emma, en el afán de proteger los pliegues de su cara, soltó sus manos que como garras se asían de la puerta y de un solo movimiento dio con su abollado trasero sobre las macetas de unos espantosos cactus que siempre afearon su jardín. Los chicos, ahora algo asustados, comenzaron a correr desordenadamente hacia sus casas.
La pobre ahí quedó tendida. Con sus patas al aire dejaba entrever sus descocidas y agujereadas medias negras. Su falda también negra, levantada por la caída, le cubría su rostro. Su voz se oyó amortiguada por las telas que se enredaron en las verrugas de sus labios.
Cuando ya no la oyeron más, el último de los chiquillos, tal vez avergonzado, detuvo su carrera y volvió al sitio de los hechos, entre tímido y miedoso. Saltó la verja y lentamente se acercó a la pobre mujer. Ella ya no se movía. La pollera aun le cubría la cara.
La tocó temeroso con un palo y la ponzoñosa vieja largó tal alarido que solo con el fétido aliento lo arrojó más de 10 metros.
Nadie volvió por varias horas. Nadie supo si la anciana pudo levantarse sola y si entró  a su casa. Nadie nunca más la vio.
Los niños, por las dudas, dan largas vueltas para no pasar por su vereda.

Copyright © 2014 Laura de la Peña
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